A cierta edad uno esperaba convertirse en otra cosa. No mejor, ni más feliz, pero sí más reconocible. Más parecido a esos adultos que parecían haber recibido una investidura invisible: gente que entraba en una oficina y ocupaba el espacio con una seriedad automática; padres que no necesitaban explicar sus dudas; madres y padres que parecían saber, incluso cuando no sabían; jefes con traje o sin él, pero con una autoridad que se les notaba en la espalda. Luego llegaron los cuarenta —o los treinta largos— y lo que apareció fue otra escena: gente con hijos recogiendo al niño del cole en zapatillas, pagando una hipoteca a tipo variable, respondiendo correos a las once de la noche y, al mismo tiempo, hablando con media ironía, pidiendo perdón por casi todo y sintiendo que eso de “ser adulto” sigue siendo un papel que nadie terminó de entregarles.
La tentación fácil es llamarlo inmadurez. La más perezosa, infantilización. Pero esa lectura se queda corta y, sobre todo, falla en lo importante: confunde la falta de ceremonia con la falta de responsabilidad. Hay una diferencia enorme entre no haber asumido las cargas y haberlas asumido sin creer del todo en los símbolos que antes las acompañaban.
Muchos han llegado a la adultez como adultos funcionales pero no ceremoniales. Trabajan, cuidan, sostienen hogares, pagan impuestos, encajan golpes. Lo que no siempre encarnan es la forma clásica del mando, la distancia, la jerarquía y la solemnidad. No porque no puedan, sino porque el mundo que convertía esas formas en algo creíble se rompió justo cuando tocaba entrar.
No faltan responsabilidades; falta la liturgia que antes las volvía visibles.
El viejo guion prometía estabilidad y también una estética del orden
Durante mucho tiempo, hacerse adulto no era solo una acumulación de tareas. Era entrar en un paquete bastante nítido. Trabajo estable, casa, pareja, hijos si tocaban, cierta autoridad creciente, una relación relativamente obediente con las jerarquías y una renuncia visible a la juventud. Había una coreografía: se cambiaba la ropa, el tono, las prioridades, incluso la manera de sentarse. El adulto clásico no solo cumplía funciones; representaba un papel social reconocible.
Ese papel tenía algo de teatral, sí, pero también algo de tranquilizador. Permitía saber quién era quién. El jefe parecía jefe. El padre parecía padre. El profesor parecía profesor. Había menos ambigüedad, aunque también más rigidez. La adultez venía con un uniforme simbólico.
Lo que a veces se olvida es que aquella forma de adultez no era solo una cuestión moral o cultural. Estaba sostenida por condiciones materiales bastante concretas. En España, la generación que entró en el mercado laboral entre los años ochenta y noventa lo hizo en un país que, con todas sus desigualdades, todavía ofrecía una promesa de ascenso relativamente legible: empleo más estable, vivienda más accesible en relación con los salarios, trayectorias laborales menos fragmentadas y una confianza mayor en instituciones como la empresa, el Estado, la escuela o la familia como estructuras de continuidad.
No era un paraíso. Era otra arquitectura.
La generación que llegó cuando el suelo ya se estaba hundiendo
El problema es que muchos alcanzaron la edad de “ponerse serios” justo cuando ese guion empezaba a colapsar. La crisis financiera de 2008 no fue solo una recesión: fue una máquina de desprogramar expectativas. En España destruyó millones de empleos y disparó el paro hasta rozar el 26% en 2013, con una tasa juvenil que superó el 55%. Quien había crecido oyendo “estudia, esfuérzate, haz las cosas bien” descubrió que el contrato era bastante más frágil de lo que parecía.
La crisis no llegó sola. Se sumó a carreras más largas, prácticas mal pagadas, temporalidad crónica y una vivienda convertida en obstáculo estructural. Según Eurostat, la edad media de emancipación en España ronda los 30 años, varios años por encima de países del norte de Europa. No es un detalle anecdótico: cuando se retrasa la salida de casa, se retrasa también la escenografía de la autonomía. No porque uno no quiera crecer, sino porque crecer cuesta dinero, y el dinero no estaba.
A eso se añadió otra grieta menos visible pero igual de decisiva: la pérdida de prestigio de las instituciones. La empresa dejó de parecer una comunidad moral y pasó a parecer, para mucha gente, una estructura de la que podían prescindir de ti en cualquier momento. La política perdió aura. La banca dejó de ser respetable para convertirse en símbolo del desastre. La universidad ya no garantizaba casi nada por sí sola. Y la autoridad, en general, empezó a sonar menos a legitimidad y más a una pretensión que había que verificar caso por caso.
Cuando el sistema te enseña que obedecer no asegura protección, la obediencia deja de parecer una virtud adulta. Parece, más bien, una apuesta ingenua.
No es adolescencia prolongada: es adultez desinstitucionalizada
Aquí está la clave. Lo que a menudo se interpreta como una especie de adolescencia eterna puede leerse mejor como una adultez desinstitucionalizada. Es decir: una forma de ser adulto en la que las funciones siguen ahí, pero las estructuras que antes les daban forma, prestigio y relato se han debilitado.
Se trabaja, pero el trabajo no organiza toda la identidad. Se tienen hijos, pero la paternidad o la maternidad no se viven necesariamente como un pedestal moral. Se manda, si toca mandar, pero con incomodidad hacia el lenguaje del mando. Se paga una hipoteca, pero eso no convierte automáticamente a nadie en figura de autoridad. Se cumplen deberes, pero sin la fe antigua en el deber como religión civil.
Eso cambia mucho la textura de la vida adulta. Antes, el rol definía a la persona: padre, profesional, ama de casa, jefe, funcionario. Ahora la identidad aparece más fragmentada y más negociada. Uno puede ser responsable de un equipo y, a la vez, ir a terapia, hablar con naturalidad de ansiedad, seguir compartiendo códigos culturales con gente diez años menor, moverse entre grupos de WhatsApp del colegio y comunidades online, cuidar a sus hijos y sentir que ninguna de esas piezas agota quién es.
No es poca cosa. Significa que la adultez ha dejado de ser una armadura compacta y se parece más a una mesa montada con piezas de épocas distintas.

La autoridad ya no cae del cargo: hay que justificarla, y a veces ni eso basta para creérsela.
La crisis de la jerarquía no nació en los libros de autoayuda
Hay un tópico que conviene desmontar: la supuesta alergia a la jerarquía no es solo una manía cultural, ni una consecuencia de haber crecido entre discursos blandos. Tiene una base histórica bastante sólida. Quien pasó por becas encadenadas, contratos temporales, ERE, alquileres imposibles y promesas rotas aprendió algo muy concreto: el sistema no premia siempre la lealtad, la paciencia ni el sacrificio.
Eso deja huella. No necesariamente te vuelve revolucionario, pero sí te vuelve escéptico. Miras al jefe y ya no ves una figura natural de autoridad, sino a alguien cuya legitimidad depende de cómo actúe. Miras a la empresa y no ves una familia, sino una estructura con intereses. Miras el lenguaje de la seriedad y sospechas que muchas veces era solo una máscara para ordenar silencios.
Ese escepticismo tiene costes. A veces dificulta construir referencias estables. A veces vuelve más difícil sostener decisiones impopulares. A veces genera una horizontalidad impostada, como si todo tuviera que negociarse siempre. Pero también tiene un reverso valioso: menos sumisión automática, menos reverencia ante el poder por defecto, menos disposición a confundir dureza con competencia.
No es casual que muchos liderazgos actuales intenten sonar cercanos, vulnerables, accesibles. A veces es marketing, claro. Pero también responde a un cambio real: la autoridad vertical, seca y distante, ya no impresiona tanto como antes. En muchos contextos, incluso produce rechazo: Una parte de los millennials no quiere convertirse en ese adulto que asocia con:
• dureza, • cinismo, • autoritarismo, • hipocresía, • conformismo, • servilismo ante el poder.
La cultura emocional humanizó al adulto, pero le quitó aura
Hay otra transformación decisiva: la expansión de una cultura emocional y autorreflexiva. Hablar de traumas, revisar patrones familiares, poner nombre a la ansiedad, discutir los mandatos de género, preguntarse de dónde viene una forma de amar o de gritar. Todo eso ha entrado en la conversación común con una intensidad que hace veinte o treinta años habría parecido extravagante.
Eso ha tenido efectos muy concretos. Ha permitido relaciones menos crueles. Ha legitimado pedir ayuda. Ha reducido el prestigio del aguante mudo como prueba de carácter. Ha hecho posible que muchos padres intenten educar sin repetir automatismos violentos. Ha abierto, en definitiva, un espacio de conciencia que antes no existía o estaba reservado a minorías.
Pero también ha cambiado la figura del adulto. El adulto clásico no se explicaba demasiado. No verbalizaba su fragilidad. No compartía sus procesos. Mandaba, resolvía o fingía resolver. El adulto contemporáneo, en cambio, duda en voz alta, se revisa, se corrige, admite contradicciones. Eso lo vuelve más humano, pero también menos monumental.
A ojos de algunos, menos respetable. A ojos de otros, por fin soportable.
La pregunta incómoda es si una sociedad puede funcionar sin algún tipo de autoridad encarnada, o si lo que necesitamos no es volver al viejo modelo, sino inventar una autoridad menos teatral y más honesta. Todavía no está claro.
El cuerpo también cuenta: la adultez se ve antes de entenderse
Hay algo especialmente interesante en todo esto: no solo se piensa, también se ve. Se percibe en el cuerpo antes de articularse en ideas. En la ropa, en la postura, en la voz, en el gesto de reírse para rebajar una frase demasiado seria, en la incomodidad ante parecer “señor”, en la estética prolongada de la juventud, en la mezcla deliberada de códigos.
El adulto clásico tendía a endurecerse corporalmente. Más sobriedad, menos juego, menos expresividad, menos permeabilidad a lo juvenil. Había una distancia escénica. El cuerpo también obedecía al cargo.
Ahora esa distancia se ha erosionado. Se puede salir de una reunión sobre presupuestos del colegio vestido casi igual que para un concierto. Se puede dirigir a un equipo con un tono conversacional. Se puede tener dos hijos y seguir hablando con una cadencia irónica que antes se asociaba a no haberse tomado la vida en serio. Se puede ser plenamente responsable sin querer parecerlo demasiado.
Eso no es banal. Las sociedades leen el cuerpo como un documento. Y cuando una generación no adopta los signos visibles de la seriedad tradicional, las generaciones posteriores o anteriores pueden interpretar que no ha terminado de entrar. Aunque haya entrado de sobra.
Hay, además, un detalle psicológico nada menor: mucha gente teme más el ridículo de volverse solemne que el ridículo de seguir pareciendo joven. La seriedad visible se ha vuelto sospechosa. Huele a impostura, a autoridad hueca, a personaje. Así que se prefiere una mezcla de competencia e ironía, como si el humor protegiera de caer en una caricatura del adulto antiguo.

Lo que se perdió por el camino y lo que, por fin, dejamos de admirar
Sería ingenuo pintar esta transformación como una liberación limpia. No lo es. En el derrumbe del viejo adulto también se han perdido cosas valiosas: cierta firmeza, una claridad mayor de rol, una capacidad de asumir el deber sin convertir cada decisión en un debate interno, una estabilidad simbólica que ayudaba a orientarse. Hay momentos de la vida —criar, cuidar, decidir, proteger— en los que la ambivalencia permanente agota.
También es verdad que la horizontalidad puede ser tramposa. No toda jerarquía es opresión. No toda autoridad es abuso. No toda informalidad es cercanía real. A veces la falta de formas claras solo encubre desorden, inseguridad o incapacidad para sostener conflictos.
Pero conviene no idealizar lo que se dejó atrás. Aquella adultez sólida también se construía sobre silencios caros: emociones reprimidas, autoritarismo doméstico, obediencias injustificadas, rigidez de género, distancia afectiva, prestigio de la dureza y una cantidad notable de sufrimiento convertido en norma. El adulto clásico imponía respeto; no siempre merecía confianza.
Lo que se ha ganado importa. Más conciencia emocional. Menos sumisión automática al poder. Más cercanía en los vínculos. Más libertad para no fosilizarse en un papel. Más margen para que un padre no tenga que actuar como patriarca, para que una madre no quede atrapada en un sacrificio silencioso, para que un jefe no confunda autoridad con intimidación.
El problema es que seguimos en mitad del puente. La forma vieja ha perdido legitimidad, pero la nueva todavía no tiene una gramática estable. Y esa interinidad se nota. A veces parecemos demasiado blandos para el mundo que hay y demasiado escépticos para construir otro con convicción.
No somos niños grandes: somos adultos socializados después del hundimiento del adulto tradicional y antes de que apareciera uno nuevo convincente.
España: una adultez tardía en un país que exige madurar deprisa
En España esta tensión tiene un color propio. Se entra tarde en la estabilidad material y, sin embargo, se exige madurar rápido en lo práctico: sostener alquileres o hipotecas imposibles, cuidar hijos y padres, navegar un mercado laboral volátil, encajar salarios que no han seguido el ritmo de la vivienda. Según el Banco de España y distintos estudios sobre acceso a la vivienda, el esfuerzo para comprar o alquilar se ha disparado en las grandes ciudades durante la última década. La casa, que antes era símbolo de llegada, se ha convertido muchas veces en prueba de resistencia.
Ese desajuste produce una sensación extraña: se nos pide una responsabilidad muy clásica en condiciones muy poco clásicas. Ser prudente en un entorno incierto. Ser estable en un mercado inestable. Ser adulto según un manual escrito para otra economía.
Quizá por eso la seriedad antigua no termina de encajar. Porque sonaría casi obscena. Como ponerse un uniforme de orden en medio de un paisaje que ya no lo garantiza.
Hacia una nueva adultez, si es que existe
La cuestión de fondo no es si deberíamos volver a parecer adultos “de verdad”, como si eso pudiera resolverse con americana, menos memes y más voz grave. La cuestión es otra: qué forma de autoridad, de responsabilidad y de presencia puede resultar creíble después de todo lo que sabemos.
Tal vez la tarea no consista en recuperar la vieja toga, sino en inventar una investidura menos basada en la distancia y más en la consistencia. Menos en aparentar seguridad y más en sostenerla cuando hace falta. Menos en la jerarquía heredada y más en la legitimidad ganada. Menos en la represión emocional y más en no convertir cada emoción en el centro del mundo.
Eso exige una madurez distinta. No la del personaje que nunca duda, sino la de quien duda sin desentenderse. No la del mando teatral, sino la de la responsabilidad que no necesita humillar para ser obedecida. No la de la solemnidad automática, sino la de cierta gravedad elegida: saber cuándo bromear y cuándo no, cuándo revisar un patrón y cuándo tomar una decisión, cuándo escuchar horizontalmente y cuándo asumir que te toca sostener el peso.
Todavía estamos aprendiendo esa forma. Se nota en las vacilaciones, en las contradicciones, en el tono provisional con el que a veces habitamos vidas completamente adultas. Pero quizá ahí haya algo más que una carencia. Quizá haya también una intuición: después de haber visto caer tantas certezas, cuesta mucho fingir que el poder, la seriedad o la jerarquía vienen dados por naturaleza.
• responsables, sí, • serios del todo, no, • jerárquicos, poco, • convencidos del orden, menos aún.
Porque el problema nunca fue llevar sudadera a la reunión del AMPA. El problema es que nadie nos ha enseñado todavía qué gesto reemplaza al viejo traje cuando lo que toca no es representar autoridad, sino merecerla.